
a eso de... la vida eterna.
(¡Ains!).
.
Yo no entiendo casi nada y me muevo torpemente, pero el espacio es hermoso, silencioso, perfecto. Yo no entiendo casi nada, pero comparto el azul, el amarillo y el viento. La tarde avanza lentamente, y yo mirando quiero ver. (Eduardo Chillida)
le suceda lo extraordinario.
Sólo hay que esperar.
Y creer.
.
Se podría decir que en lenguaje oral soy “unabienhablá”. Esto es… no suelo hacer uso de vocablos soeces, groseros… palabrotas, en resumen. Peeeeero, no puedo negar que hay dos que brotan de mi interior de tanto en tanto. Aparte, claro, está la expresión “¡¡¡maldición, rayos y centellas!!!", que también la empleo en momentos críticos, creo que porque me recuerda a los enfados de tebeo y como que se suavizan con su presencia, je, independientemente del motivo que los provoquen. ¡Ah!... y también: "Estoy hasta las gónadas", o "hasta mi parte más idiosincrásica femenina", pero me resultan casi elegantes.
Si algo sale mal… fluye de mi garganta, con énfasis, esa palabra que se refiere a los excrementos y que no pienso reproducir aquí, que ya bastante mal me huele cuando me la escucho en voz alta. Ejemplo: “(¡…!), se me ha pasado el plazo para la inscripción!”.
Si algo sale bien… la que pronuncio es “joder”, arrastrando la “r”, dándole así rotundidad. En mí, es más casi una muestra de asombro positivo que de otra cosa. Ejemplo: “¡Joderrrrr, menudo baile te has marcado!”.
Estoy convencida de que lo mejor para librarse de malas energías es darse una buena sesión de ejercicio –con la consecuente creación/liberación de endorfinas- o en su defecto bailar un zapateao’... metafóricamente hablando. Es decir, a falta de ponerse de veras unos tacones y golpear fuerte en el suelo porque no es cuestión de cargarse al responsable de nuestro malestar (si lo hubiere), o por impotencia ante aquello que no se puede controlar pero fastidia, queda como potencial bálsamo el… taco-neo.
Y ayer, como consecuencia de llevar casi un mes sola en mi departamento, en el trabajo, con la impepinable ley de Murphy funcionando a tutiplén sucedió que, para mi absoluta sorpresa, amplié mi vulgaris vocabulum con un nuevo término, que por lo demás nunca me ha gustado sonoramente hablando. En boca de nadie, conste. Es que no es nada musical oigan.
En fin… mientras llega el relevo laboral y por fin puedo vacacionear… si falla mi taco(neo) tradicional, si ni la aplicación de una velocidad de 12 nudos a mis sesiones natatorias serena a la sirena, si en definitiva no me sirve todo lo demás… siempre me quedará vestirme de flamenca y soltar de nuevo el ¡coño! con que me estrené ayer. ¿Ven?... si es que no me pega ni pizca, pero si aliviaaa… ¡oléééé! :-D
La segunda está relacionada con un episodio autobiográfico acontecido hace unos años que requiere previa introducción. Apenas me he maquillado a lo largo de mi vida y en consecuencia no sabía hacerlo. Porque pintarse una rayita en el ojo, echarse algo de colorete en el párpado (truco socorrido cuando no se es experta) y ponerse un poco de rímel en las pestañas (limpiando antes el cepillo con un clínex, que si no deja grumos que pa’ qué y parece que te han pegado un puñetazo) no te convierte precisamente en un Velázquez de rostros humanos. Mejor un Klimt, que me gusta más. Pero llegó un día en que tenía que salir a bailar a un escenario, vestida de odalisca, e instada por la profesora tocaba maquillarse mucho, mucho, muchíííísimo pues en caso contrario, y debido a la iluminación imperante en escena, corrías el riesgo de parecer la novia cadáver de Tim Burton...
No era plan :-)
La víspera de la actuación busqué en internet-e buenos ojos de danzarina oriental y cuando di con unos los suficientemente árabes de aspecto, intensos aunque no exagerados, ¡a imprimir! Pegué la fotografía al lado del espejo del baño y comencé la tarea de convertirme en copiona... ¡o intentarlo! Paso a paso: miradita a la fotografía, miradita a mí... y así sucesivamente. Tardé más de media hora, pero fue mucho más fácil de lo que esperaba, con el resultado final de parecer oriunda auténtica de El Cairo, como poco.
Al día siguiente preferí salir de casa ya maquillada y sólo tener que retocarme en el camerino, por si en el teatro me ponía nerviosa de más y la raya acababa como la espiral de la concha de un caracol, y no como la que llevaría cualquier pariente cercana de Cleopatra, que era la pretensión. Salió de lujo aquel “mi primer gran maquillaje” y me veía tan bien, y tan guapa aseguraba la gente, que animada por el respetable decidí dejármelo tras la actuación para la viruelta que nos dimos, aunque sólo fuera por amortizar un poco... “mi obra”. Incluso me dejé unos brillantitos que me había puesto en el rabillo del ojo... Con lo cual nadie podía negar que aquella noche… ¡mi mirada era todo fulgor! Y hasta aquí llega básicamente mi autoexperiencia con el maquillaje.
Pero hubo otra anteriormente en la que no fui la “artista” sino la “modelo” y es la que tiene que ver con la segunda evocación. Antaño solía acompañar a una amiga cuando iba a comprar cosméticos. Como es lógico, y por aquello de dar ejemplo, todas las dependientas de la perfumería estaban perfectísimas y notablemente maquilladas, aunque también con un aspecto natural. Una de ellas, a su vez amiga de mi amiga, siempre que me veía me insistía con la misma cantinela: “No te sacas partido... deberías maquillarte”. “¡Pero si voy maquillada!”, respondía yo... con mi rayita light en el ojo. Total... que en una ocasión ambas me convencieron y me presté a eso de... “sacarme partido”, con una condición: “¡De pintarme los labios ni hablar!”. “Mujer... no se te puede maquillar y dejarte los labios del color de tu piel”, dijo la profesional. “De acuerdo... pero que sea un tono que apenas se aprecie. Nada de encontrarme con un chorizo o berenjena por boca... ¡ehhhhhh!”.
Se puso a la tarea... que si no se qué corrector, que si base no sé cuánto, que si esto, que si lo otro, que si lo de más allá... Nada más que uno de los lápices-sombra que me echó valía 5.000 de las antiguas pesetas (¡glubs!... pues sí que sale caro... “sacarse partido” pensé). Eran marcas buenas buenísimas por supuesto. Y pijas pijísimas, obvio. Cuando por fin acabó, la esteticista y mi amiga estaban sorprendidas y contentas. No paraban de decir lo guapísima que estaba y claro... quería comprobar en primera persona esa dosis extra de belleza externa que me había caído por obra y arte… del maquillaje. Me entregó un espejo de mano, lo coloqué delante de mí y... yo no estaba. Literalmente había desaparecido. Sí... se veía una mujer de aspecto muy sofisticado, pero... ¿adónde había ido yo a parar? Me busqué y me busqué... comprobé que efectivamente el maquillaje rozaba técnicamente la perfección y que había potenciado lo que más destaca de mi rostro: los ojos. Tanto los había potenciado que si grandes son de por sí... creí inicialmente que me había convertido en un personaje de Caperucita:
- Abuelita, abuelitaaaaa, ¿para qué tienes esos ojos taaaaan graaaandesss?
- Pa’ qué va a ser hija mía... ¡para veeeerrrrte mejor!
Tras zafarme de la imagen de levelobaferoz disfrazada de abuela seguí buscándome y entonces, sin lugar a dudas, me topé con un Pierrot…
Estaba deseando quitarme aquella máscara, que no me correspondía e incluso generaba cierto malestar, pero esa noche salía de cena en grupo y mi amiga y la esteticista insistieron en que no lo hiciera, aunque sólo fuera para escuchar la opinión de los demás. Consideraban que no me veía por falta de costumbre. Tal vez tenían razón...
Llegue a casa y me puse frente a un espejo de cuerpo entero. De cuello para abajo sí era yo... pero ese rostro... seguía sin pertenecerme. No soporté no encontrarme, así que me fui directa al lavabo... y el arlequín sofisticado desapareció… ¿para siempre?...
Hay que ser muy valiente para atreverse a ser... quien se es. Pero, si cabe, hay que serlo aún más para ser quien no se es, aunque sea momentáneamente. Por eso siempre he creído que hasta los considerados malos actores, a nivel profesional o amateur, por el simple hecho de ponerse la piel de otro, buenos son. Y es que... puedo ser todas las que soy, pero tengo claro que no puedo, ni tampoco quiero, ser las que no.
.
Claro que otra opción, probablemente más recomendable, consiste en la ingesta de un menú menos pantagruélico.
Primer plato (o delicatessen)...
Segundo plato (o bocatto di cardinale)...
Postre (o ¡MMMmmmMMmmmmmMMmmMMmmm...!)...
¿Un licorcillo de hierbas? :-D
.
(¡Grazie mille!)
Llegó... por su generosidad y sobre todo... ¡porque es una chica excelente!...
Mi amigüi, claro.
Esteeee... ¿y yo también hoy un poquito por aquello de que es mi cumplevida? :-)
.