jueves, 28 de octubre de 2010

¿Piensas salir de viaje?

Si afirmativo, ¡toma nota!...



Y si toca cambio de temporada de armario... ¡también sirve!

A propósito, ¿se acuerda el respetable de...?


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miércoles, 27 de octubre de 2010

Levepropósito de enmienda

(O propósito de leveenmienda, tanto da).

Me encanta el cine clásico. Muy mucho. Ya siendo pequeña me fue enganchando. Recuerdo que frecuentemente veía películas con mi madre y casi siempre le preguntaba:

. Leve.- Mamá... ¿Cómo se llama ese actor?
. Máter.- Cary Grant.
. Leve.- ¿Y se ha muerto?”...
...
. Leve.- Mamá, ¿quién es esa actriz?
. Máter.- Vivian Leigh.
. Leve.- ¿Y se ha muerto?...

Así prácticamente con todos. No sé de dónde diantres me venía aquella fijación ¿gótica? (exclusivamente con individuos perteneciente al mundo actoral, conste), pero junto al nombre era lo único por lo que solía preguntar, je.

Me gustan los dramas, los melodramas, las comedias... toditos los géneros de aquel maravilloso blanco y negro. Bueno, y no pocos títulos en color también. El caso es que de un tiempo a esta parte me asalta con frecuencia una escena de una de aquellas películas. Concretamente “Tuyos, míos, nuestros”, deliciosa historia interpretada por Henry Fonda, viudo padre de diez hijos, y Lucille Ball, viuda con ocho hijos. Como no podía ser menos se enamoran. Y como ídem... Helen y Frank intentan salir por piernas cuando descubren el relevante dato de... la suma de sus descendientes. Y como reídem... no pueden resistirse a ese amor y finalmente se casan, formando una enoooorrrrme familia que deberá lidiar con los numerosos problemas cotidianos y la impepinable logística que acarrea semejante... “ejército”.

Al principio, naturalmente Helen representaba la enemiga para los vástagos de Frank, y Frank era el mal personificado para el linaje de Helen. El día que la invita a cenar en su casa, para que se conocieran (¡pobre mujer, no sabía lo que le esperaba!), una de las pequeñajas ve cómo se acerca a la puerta y pegando la nariz en el cristal de una ventana decreta: “¡Mala... tiene cara de mala!”...


Y esta escena es la que últimamente me invade. ¿Por qué? Porque justo eso quiero que se diga de mí. A ver, me explico...

En alguna que otra ocasión me han comentado que soy “buena persona” para calificarme. O definirme. Incluso “muy buena persona”. Y suelo matizar: “No... no soy buena persona. Sólo soy alguien que intenta ser persona y, eso sí, en no pocas ocasiones requiere esfuerzo”.

Va a sonar bien raro lo que sigue a continuación pero intentar ser persona, lo que comúnmente la mayoría denomina “ser buena persona” (o “ser güena”, para abreviar), es uno de mis grandes defectos, si no el que más. Lo peor es que creo que se trata de una tara de fabricación. Y sospecho que cuando las piezas vienen de serie, resulta difícil prescindir de ellas... ¡cachis-en-la-mar-salá!

Porque, damas y caballeros, por lo general cuando se está hecho de esta pasta antepones siempre, o casi, el bienestar del resto al tuyo lo cual te lleva a cometer excesos en tu propio detrimento. Así que... reconfortante vale, pero ¿productivo? ¡NO, NO y NO! Diría incluso que lo contrario.

De modo que, tras un notable acumulamiento de varios-varios y un autoanálisis levesintáctico y levemorfológico (:-D), llevo algunas semanas con un férreo propósito de enmienda que consiste en pasar del personal (trátese de quien se trate) y no de mí. O mejor dicho: ser la prioritaria prioridad para mí misma y mi mismidad, peeeeero... no dejo de “traicionarme”. Pues sí queeeeeee...

Como muestra un botón... digo una lesión. El fin de semana estaba en mi calita de dios cuando veo que llega un hombre de mi quinta, cojeando considerablemente. Parecía tener gran dificultad para apoyar un pie, que en realidad tenía pinta de pata de elefante por la hinchazón del tobillo. Mi imaginación comenzó a especular ante lo que, por otra parte, parecía evidente:

. Date... se ha debido caer al bajar la montaña y se ha hecho un esguince del copón, mínimo. ¿Cómo va a volver a subirla, de nuevo bajar la otra ladera y recorrer los dos kilómetros de distancia que hay hasta la zona de aparcamiento? ¡Vamos a tener que recurrir a “Protección Civil" para que se acerquen desde el pueblo en lancha a recogerle! Sí, vale... desbordante imaginación pero es que esa pierna no era humana... ¡era de paquidermo!


Entonces, alguien en mi interior comenzó a hablar:

. Aspirante a mala.- Amoavé, Levecita, ¿qué puñetas haces pensando en ese hombre y encima anticipándote de esa manera, que incluso ves una película con rescate marítimo de por medio?... ¡Si hasta piensas en marcar el 112 en el teléfono!
. Leve.- Esteeeee... buenoooo... es que mira cómo tiene el tobillo... ¿Cómo va regresar si apenas puede caminar?
. Aspirante a mala.- Ese no es asunto tuyo. Ocúpate de tus cosas.
. Leve.- Tienes razón... ¿qué hago metiéndome en lo que no se me llama?

Así que me tumbé y me giré hacia el otro lado porque... “ojos que no ven, corazón que no siente”, que dice el refrán. Pero de repente, casi sin darme cuenta, iba caminando en dirección al accidentado con otro diálogo interno:

. Aspirante a persona.- “Hacer lo que hay que hacer”, recuerda...
. Aspirante a mala.- Ni caaaasoooo a esa tonta que te vuelve ídem y siempre te acaba liando. ¡Quieeeetaaaa parááááá...!

Demasiado tarde, ya le estaba preguntando al hombre: “¿Necesitas ayuda?”.

Resultó que el tipo prácticamente acababa de ser operado, pues había tenido un accidente escalando una pared de hielo (¡ops!).

. Leve.- Qué brutos sois los montañeros.
. Muchacho que cojea de lo lindo.- Ja, ji, jo... pues sí... me doy cuenta de que me he pasado un poco, porque me ha costado bastante llegar hasta aquí.
. Leve.- Pero... ¿cómo has podido recorrer tanta distancia y, aún más alucinante, subir la montaña con ese tobillo?
. Muchacho que cojea de lo lindo.- Je... más trepando que caminando.
. Leve.- Claro... bueno, pues si te apañas solo... cuídate y que sea leve (je... ¡qué afán de protagonismo!) la recuperación.

Conclusión: ¿Alicia seguirá sin malicia... ever... forever... always?... ¿No me va a servir mi propósito de enmienda?... ¿Sin remedio, irremediablemente?... ¡¡¡MALDICION, RAYOS Y CENTELLAS!!!

En serio que es algo que quiero cambiar... De hecho lo estoy intentando desde hace ya un tiempo (lo de postulante a “femme fatale” tenía que ver con esto y no con trocarme en una devoradora de hombres)... ¡pero no me sale! A ver... no quiero ser muy-muy-muy mala... sólo una miaja mala. Digamos lo suficiente como para, por ejemplo, permanecer indiferente ante un individuo que camina con dificultad por su megahinchado tobillo (salvo que grite un S.O.S)... O que me importe un bledo cómo se sentirá alguien si le devuelves una dosis de su propia medicina nociva que repartió previamente... ¡Y de paso olvidarme un poco de Gandhi y su filosofía-anti-ojo-por-ojo! Tampoco es tanto... ¿no?

De manera que se admiten sugerencias, preceptores, instructores, profesores, maeses, senseis, experimentados en materia, decentes docentes... porque... ¡nunca es tarde si la dicha es buena! Digo... ¡si Leve es mala! :-P


O "Maléfica", je. Ya puesta, a base de entrenamiento...

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lunes, 25 de octubre de 2010

Leveelección

Prefiero decir lo que la mayoría calla...

y callar lo que la mayoría dice.
Generalmente.

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viernes, 22 de octubre de 2010

Leveambición

Quiero toda la verdad...

para que nada sea mentira.

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jueves, 21 de octubre de 2010

¡21 de octubre!

Igual no pasas hoy por aquí, pero es el día que es y aunque ya sea "la tardecita"...



Cumplevida... que prefiero yo decir


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domingo, 17 de octubre de 2010

No-nostalgia

Echo de menos...

no echar de menos.

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sábado, 16 de octubre de 2010

Lección de Levegeografía

Hoy estudiaremos el Sistema Penibético de la Península Ibérica. La Cordillera Penibética es la más sureña de las Cordilleras Béticas y discurre por la costa Sur de Andalucía, desde la provincia de Cádiz hasta la de Almerialópolis. Un poco más al Norte, tras las llamadas unidades intermedias (conjunto de áreas deprimidas, denominadas hoyas, entre las cuales se encuentra la Hoya de Baza y de Guadix), se yerguen las Cordilleras Subbética y Prebética.

Desde el punto de vista estructural se constituye con un complejííííísimo apilamiento de mantos de corrimiento que se superponen unos a otros, distinguiéndose tres: el manto Alpujárride, el Nevado-Filábride y el Maláguide. El manto Alpujarride y el Filabride-Nevado afloran en Sierra Nevada, componiendo una ventana tectónica donde surgen materiales muy metamorfizados, predominando los micaesquistos paleozoicos.

Las sierras principales que conforman la Cordillera Penibética, de oeste a este, son: Sierra de las Nieves, Sierra de Tejeda, Sierra de Almijara, Sierra Nevada, Sierra de la Contraviesa, Sierra de Gádor, Sierra de Baza, Sierra de los Filabres y Sierra Leve...


Una panorámica del macizo después de llover...


Aquí tenemos a un montañero escalando y a punto de coronar la cumbre...


Y, llegados a este tramo, el profesor Eduardo Galeano diría: "Yo me duermo a la orilla de una mujer, yo me duermo a la orilla de un abismo"...


¡Riiiingggg-riiiingggg-riiiingggg!, suena el timbre así que... ¡acabó la clase! :-P
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viernes, 15 de octubre de 2010

Vuelva usted mañana

Siento como privilegio tener la posibilidad de cada día ir a un trabajo. Además, un buen trabajo (hasta la fecha) considerando cómo está el patio laboral. Pero... no quería volver después de las vacaciones y no porque estas acabaran. Las cosas se están poniendo feas e irán a peor hasta el punto de plantearme muy seriamente un cambio. Incluso mi organismo reacciona ante el... “leve-rechazo” que he tenido-tengo. Ejem, quiero decir del “denso-rechazo”. Tres días llevo incorporada... y los tres comienza a dolerme la cabeza nada más entrar y deja de hacerlo media hora después de salir. Vamos... lo que se dice una somatización en toda regla. Porque el cuerpo habla... ¡ya lo creo que lo hace!

Sin embargo hoy el tema no es “por qué” sino “cómo” pasé el día del regreso. Para empezar amanecí triste. Particularmente triste. Vaya por delante, por si aún no me pronuncié al respecto, que cantidad de “normas sociales absurdas y no pocas veces hipócritas” me las paso por el forro de la indiferencia (es que chirrían con mi coherencia y claro...), y por ende no me suelo molestar en… disimular un estado de ánimo concreto que me embargue por el hecho de que no goce de buena fama. No es que sea un libro abierto, pues como es lógico muchas de mis páginas permanecen cerradas, pero las que muestro contienen lo que contienen y no otra cosa. No hay sorpresas a posteriori. Lo que pasa es que... no todo el mundo puede-sabe leer lo que hay escrito en ellas. A resultas me cuesta horrores fingir y en consecuencia mi cara suele ser puritita transparencia. Y de la mirada no hablemos. Opaca no estaba el día en cuestión, pero casi. O eso creía yo.

Triste entré al laboratorio y triste salí. Y continué con el día. Fui al médico, no por enfermedad sino porque necesito un papelito de su parte que certifique mi buena salud para otro asunto más lúdico; danza oriental para más señas. Mientras esperaba se sentó a mi lado una señora de unos sesenta años, tal vez algunos menos. Al principio comenzó a hablar con la mujer de su izquierda y varias personas más que había en los asientos que formaban esquina con el suyo, creándose una especie de corrillo. Mientras, yo intentaba concentrarme en la lectura del libro que me acompañaba, cosa que no lograba. No por el ruido externo, sino por mi… dispersión interna. El caso es que paré, miré la escena y me percaté de que la gente que estaba próxima a la señora que se sentó a mi lado... “cerraba filas”. Ciertamente ella era de lo más locuaz y tuve la sensación de que se la etiquetaba como la clase de persona “pesada que va con su cantinela por doquier”... y a la que se suele evitar. Se hizo un extraño silencio y dejaron de prestarle atención. Recordé de repente el cuento del patito feo…

En ese momento la señora se giró hacia mí y comenzó a… contarme su vida; o más bien sus penas. No tenía yo el cuerpo ni el alma para lamentos, y menos ajenos, pero... empezaron a caerle tremendos lagrimones y ni encontraba pañuelo al buscar en su bolso. Le ofrecí uno y como el llanto empezaba a sonar angustioso recurrí al supertruqui: poner mi mano sobre su antebrazo a modo de ligera caricia… para que sintiera un calor que no fuera el suyo propio (si es que no se sentía congelada por dentro, a saber). Cuando alguien sufre, el contacto humano alivia sobremanera aunque provenga de quien no se conoce y si no, prueben, prueben... Me habló de su obvia depresión patológica, según ella fruto del maltrato sicológico al que su marido la llevaba sometiendo taytantos años. O sea casi toda su vida. Yo fundamentalmente escuchaba sin abrir la boca pero me extrañó que dijera que el doctor la regañaría si la veía llorar. Porque al médico en cuestión se le idolatra precisamente por lo humano que es y lo paciente… con sus pacientes. Contaba que nadie le hacía caso, que nadie creía lo que decía. Ni siquiera en mi mente quise juzgar, a falta de la otra versión y sobre todo por no conocer la historia de manera presencial, pero por las reacciones que tenía, no parecía tener mucho sentido plantearle una posible solución –independientemente de la médica- al que definía como su gran problema. Aún así le hice una pregunta: “¿Sabe que existen lugares específicos en los que ayudan a las mujeres maltratadas? Si quiere le indico adónde se debe dirigir”. No recuerdo qué dijo pero buscó excusas para no salir de su bucle. Había aprendido a vivirse sufriendo. Es decir... se había cronificado su dolor al punto de no poder admitir la alternativa de desprenderse de él. Eso quedaba bastante claro. En resumidas cuentas: en efecto estaba muy enferma e independientemente del grado de realidad que hubiese en lo que contó, se encontraba repleto de su verdad, porque de ese modo ella lo experimentaba.

Cambié la estrategia y la “distraje” hablándole de algo tan sencillo como el verano de San Miguel que estábamos disfrutando… la suerte que teníamos en ese aspecto por vivir en Almerialópolis… que precisamente por la situación geográfica gozábamos la mayor parte del año de buen clima, bla, bla, bla… Ni una lágrima derramó en ese tiempo hasta que llegó su turno.

Y ahí me quedé reclamándome: “Alicia eres un poco tonta, la verdad. ¿No habías quedado contigo misma y tu mismidad en que ibas a ser tu prioridad y que te iba a importar un pimiento el personal, especialmente si era desconocido? ¿Es así como lo vas a hacer?”. Y me respondí: “Pues sí, parece que un poco-bastante tonta… sí que soy. Al menos a veces”.

Entretanto la mujer que había a su izquierda comenzó a contar sobre la señora que lloraba. Dijo que su marido era un bendito y tenía unos hijos estupendos, que era afortunada, pero que estaba con una depresión tremenda que le hacía ver cosas donde no existían… tergiversar.

¿Cuál es la realidad exacta?... Ni idea. La puerta de la consulta se abrió, la señora salió, dijo adiós al resto y se paró frente a mí. Me agarró una mano con fuerza a la par que dulzura y se me quedó mirando un rato, en silencio, hablándome sólo con sus ojos: “Gracias”, decía su mirada. Eso decía. Y detrás de la pupila… el poso de su sufrimiento, que ese si existía independientemente de cuál fuera el origen.

Ahí me quedé otra vez, diciéndome: “Alicia, puede que seas un poco tonta… pero también otra pizca humana y esa mujer ha tenido un pequeño alivio, instantáneo sí, pero alivio al fin y al cabo… porque sencillamente alguien ha escuchado lo que necesitaba sacar afuera”. Entonces, mi tristeza… dejó de estar tan triste.

Cuando acabé en el consultorio y ya de regreso a casa paré en un quiosco céntrico de la ciudad en el que venden… ¡piiiiiipaaaassss, cacachueeeetessss, kiiikooosssss, garrapiñaaaadaaaasss! y otras cosillas. Era la primera vez que entraba aunque es un negocio con solera. Allí me encontré con que el tendero era…

¡el mismísimo actor alemán Armin Mueller-Stahl!, aunque en aquel momento sólo acerté a reconocerle como el padre de David Helfgott en la película “Shine”. Luego San Internet tuvo la gentileza de facilitarme su nombre. Buenooo... vaaaaleee, sólo era su doble, pero casi-casi igualito; gafas incluidas. El caso es que cruzamos varias frases antes de que me preguntase qué quería.

- Leve.- Esteeeeeee, ¡uy no me sale! Mire que lo tengo en la punta de la lengua pero se me ha borrado el nombre (poniendo muecas de levepeque, sospecho).
- Tendero.- Piense en mí señorita. Concéntrese y piense en mí. Verá como enseguida le viene a la mente lo que quiere.
- Leve. No, si verlo, lo veo… pero es que la palabra que lo denomina ha desaparecido de mi vocabulario, ¡ops!
- Tendero.- Piense en mí señorita, hágame caso.
- Leve.- Si me sigue diciendo eso le acabaré cantando la canción de Luz Casal que lleva ese nombre. O por lo menos tarareándosela.
- Tendero.- Concéntrese… míreme…
- Leve.- A ver si le voy a imaginar como un hipnotizador y me da la risa… Es… como pistachos, pero no son pistachos.
- Tendera (o sea la parienta, que estaba también por allí).- ¡Piñones!
- Leve.- Eeeeeso mismo.
- Tendero.- Conste que si hubiera pensado en mí, lo habría recordado seguro. ¿Qué más?
- Leve.- Sólo quiero eso.
- Tendero.- Aquí tiene… y vuelva usted mañana.
- Leve.- Pero no voy a necesitar piñones hasta dentro de un tiempo, hombre.
- Tendero.- No importa. No venga a comprar. Sólo venga usted mañana, y pasado, y el otro... Que da gusto ver a gente con tan buena energía.
- Leve.- Pues ni le cuento lo agradable que es toparse con dependientes de su talla. Muchas gracias. A estar bien.
- Tendero.- Hasta pronto.


Eché a andar pensado que, aunque mi mirada no brillase, ¡la energía que desprendía era buena! Entonces, de nuevo, mi tristeza… dejó de estar tan triste.

Ya en la noche, en casa, encendí el ordenador y me encontré un regalo inesperado. El correo de un amigo que decía, literalmente: “A mí me ayudas a ser feliz”.

Y entonces, por tercera vez, mi tristeza… dejó de estar tan triste. Y se volvió a un punto de suavidad... que casi parecía una tímida alegría.

¿Lo que mal empieza, mal acaba? No, no, no… no fue así mi primer día de trabajo tras la vuelta de las vacaciones, porque lo que mal comenzó… acabó algo más que bien.


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domingo, 10 de octubre de 2010

sábado, 9 de octubre de 2010

Semilla mágica

¿Has visto cómo crecen las plantas? Al lugar en que cae la semilla acude el agua: es el agua la que germina, sube al sol. Por el tronco, por las ramas, el agua asciende al aire, como cuando te quedas viendo el cielo del mediodía y tus ojos empiezan a evaporarse. Las plantas crecen de un día a otro. Es la tierra la que crece; se hace blanda, verde, flexible. El terrón enmohecido, la costra de los viejos árboles, se desprende, regresa. ¿Lo has visto? Las plantas caminan en el tiempo, no de un lugar a otro: de una hora a otra hora. Esto puedes sentirlo cuando te extiendes sobre la tierra, boca arriba, y tu pelo penetra como un manojo de raíces, y todo tú eres un tronco caído. Yo quiero sembrar una semilla en el río, a ver si crece un árbol flotante para treparme a jugar. En su follaje se enredarían los peces, y sería un árbol de agua que iría a todas partes... sin caerse nunca.

(Jaime Sabines)
(Y yo plagiándole, no en continente sino en deseo sembrador)

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viernes, 1 de octubre de 2010

Como sienten... lo que sienten

Merche y Pascual son una pareja de invidentes que educaron a sus hijos con la premisa fundamental de que hay que exprimir al máximo posible cada momento de la vida, al margen de lo que se tenga, o no. Sentidos incluidos.

Ahora, Pascual y Azahara, en agradecimiento a sus padres por todo lo recibido y con motivo de la celebración de sus bodas de plata, contactan con una productora para hacerles un regalo especial…


El resultado… un cortometraje-historia real-anuncio que quita el sentío… de lo mucho, pero mucho que lo da. ¡Qué preciosidad!

(Y, además, "Nessun dorma" sonando de fondo... ¡mmmmmmmmmmmm...!)

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