






(Imágenes tomadas en "Plaza de Cataluña", Barcelona, hace tres días).
Yo no entiendo casi nada y me muevo torpemente, pero el espacio es hermoso, silencioso, perfecto. Yo no entiendo casi nada, pero comparto el azul, el amarillo y el viento. La tarde avanza lentamente, y yo mirando quiero ver. (Eduardo Chillida)
Seguidamente le tocó el turno a Costumbre. Habíamos sido pareja de baile con anterioridad en multitud de ocasiones. Nos teníamos el punto cogido... o mejor dicho se lo tenían nuestros pies y la pieza fue de corrido. Digo de volada. Me contó que nunca se había sentido tan halagado como cuando Miguel de Unamuno le eligió para representar a la que había sido su compañera de vida: "[...] se me fue mi santa mujer que era mi costumbre y mi alegría, y me daba lo que siempre más me faltó: serenidad y contento de vivir. Nunca creyó en la muerte, como yo nunca he creído en la vida”. Pensaba en jubilarse ya, pero como trabajar era costumbre y andaba bien de salud, aún seguía en la faena.
Con Lila me encantó bailar... giramos y giramos en aquel vals... sin que apenas abriese la boca, pero desprendiendo un olor maravilloso que me tenía medio hipnotizada. Al preguntarle al respecto, respondió que su aroma llevaba un ingrediente secreto, transmitido naturalmente de generación en generación en su familia. Cosa de epidermis, para que nos entendamos. Que por otra parte, indiscutiblemente le dotaba de una personalidad que cautivaba el ánimo de cualquiera que se encontrase alrededor. De hecho más de un perfumista le propuso incluirle en nómina de grandes firmas del sector. No aceptó las ofertas. Se negaba a abandonar el campo, lugar en el que residía, y trasladarse a grandes ciudades, que era donde requerían sus servicios. ¡Mmmmmmmmmm... penetrante huella me dejó!
Miré mi cartilla de baile y vi que le tocaba el turno a Bendita. Ni a posta sonó la pieza con que nos obsequió la orquesta. Bailar salsa con un carácter que es pura dicha y contento... no tienen parangón. ¡Hasta acrobacias realizamos!... a la par que nos hicieron un corrillo y animaban. Se ve que gustamos a ritmo de... ¡asúúúúúcarrrrr!
Recordar llegó cuando comenzaba a escucharse el bandoneón melancólico de un tango. ¡Madre del amor hermoso!... me apretaba tanto que casi me obligó a acordarme de sus ancestros. Y no precisamente en positivo. “Te recuerdo que no te recordaré”, me dijo. Y a mí que me va a quitar el sueño, pues sí queeee... No debí dejarle buen sabor de alma.
El último baile -que miren que tengo fondo físico pero ya estaba fatigaíta y necesitaba un descanso- lo tenía reservado para Freno. Un bolero. Resultó ser algo (bastante) pulpo y claro... yo venga subirle el tentáculo, ejem... quiero decir la mano que, como quien no quiere la cosa, dejaba caer sobre mis posaderas a la par que le instaba: ¡Quieeeeto parao’, que te veo venir!... ¡Stop!... ¡Frena Freno!
Finalmente todos quisieron que hiciéramos un baile conjunto y, en el palacio Diccionario, esta fue la pieza que sonó para nosotros: “Entre lilas, freno la bendita costumbre de recordar sumandos” (¡ops!... ¿es casi poética o me lo parece a mí presa de este levefrenesí lúdico? :-D
Y lo relatado, damas y caballeros, ha sido la crónica en versión Leve y/o en levelenguaje. Ahora en cristiano, pa’ que se entienda.
Hasta no hace mucho jugaba a algo. Me sentaba cómodamente en el sofá... abría el diccionario y, con los ojos cerrados, serpenteaba con el dedo índice, paseando sobre la superficie de las páginas y parando en seco, sin saber dónde me detendría, me iba topando azarosamente con una palabra no buscada. Y así... abrazaba palabras viejas y nuevas... saboreaba su sonido leyéndolas en voz alta, con diferentes ritmos, detectando si era musical al oído... si lo contrario... descubriendo sus significados...
Jugaba con las palabras... las palabras jugaban conmigo... y teníamos, por lo general, el gusto de habernos conocido (o disgusto a veces, pa’ qué nos vamos a engañar). O de recordarnos, si hacía tiempito que no nos veíamos. Y hoy... ha vuelto a ocurrir.
Me consta que la segunda versión es más inteligible peeeeero, es que mi vestido de gala estaba hecho con tul de imaginación, puede incluso que con un fajín de seda de bobería, y claro... el resultado... es el que es.
Pues eso.
Game over! :-P... por hoy.
Pd. ¡Ah!... no se le ocurra al respetable estrenar zapatos... precisamente el día que vaya un baile. ¡Pasa factura! :-P
Pd. 2. Vaaaale, de acuerdo. Para el baile colectivo (novedad lo de formar una frase) me he tenido que sacar la preposición “entre” de la manga y aplicar algún que otro plural y artículo, pero es que si no... ¿cómo iba a sonar siquiera?
para bajarse del carro de la amarga realidad.
2. Dícese de la leveocupación de una jornada completa en la que haciendo nada...
se consigue todo.
No sé la razón, pero cuando salía del supermercado llevaba un euro en mi mano. Me paré delante del vagabundo, un hombre menudo de cincuenta y tantos años. Su larguísima barba de ermitaño... la suciedad de su ropa, de sus manos, de sus uñas... sin ser extrema, no coincidían con la mirada limpia que por su color daba luz verde a su rostro. Sus posesiones eran una manta raída y una pequeña mochila, manchadas por las noches sin techo. Sorprendentemente... no olía mal. En absoluto... y créame el respetable cuando digo que tengo olfato de sabueso. Había montado una especie de pequeño altar en el que sustituyó los iconos religiosos por imágenes de flores, papeles escritos y algunas monedas de poco valor amontonadas, formando hileras...
. Leve.- ¿De dónde eres?
. Vagabundo.- De Rumanía.
. Leve.- ¿Y cuánto tiempo llevas en España?
. Vagabundo.- Desde el año 2003.
Me contó que había sido militar en su país, enseñándome una especie de llave-medalla que aseguraba era un emblema que lo demostraba, y empezó a hablarme de cosas que dejé de comprender desde la lógica. No la tenían pues claramente se trataba de... un renglón torcido de Dios. Creí entender que dijo ser un... “guardián de las montañas”... una especie de ángel enviado con una misión para salvar a la especie humana. Comenzó a dar detalles de su razón para estar en el planeta y, al acelerar su palabra, el español que hablaba muy bien a ritmo pausado, se transformó en un idioma completamente desconocido para mí. Decidí que había llegado el momento de marcharme.
. Leve.- Tengo que irme. Cuídate... y cuídanos.
Y le entregué la moneda que aún tenía en mi mano. Sólo era una excusa.
Entonces el hombre (¡caray!... olvidé preguntarle su nombre), alargó su cabeza y dejando un respetuosísimo espacio físico entre su cuerpo y el mío, me besó en la mejilla delicadamente. ¿Un beso jirafa?... sí, un amable beso jirafa. Y al apartarse, con dulzura, me sonrió haciendo un gesto de asentimiento.
Nunca antes me había besado un indigente. Ni me había tocado siquiera que recuerde. No sentí aversión. No sentí miedo. Sentí... que él sentía gratitud. Y no por una moneda, precisamente. ¿Tal vez por un poco de conversación?...¿Quizás por una pizca de atención? También yo le agradecí, en silencio. Hicimos un trueque. Un trueque de humanidad. Regresé a casa en compañía de mi tristeza, pero al mismo tiempo con cierto consuelo... caminando lentamente... con la plena convicción de que el callado grito del mundo... ese día gritó un poco menos fuerte.