De modo que he ido a la ferretería. Como ya sabrá el respetable una ferretería (comercio por cierto que me gusta un tanto) es un establecimiento donde se venden objetos varios de metal y otros materiales, pinturas, utillaje diverso... abundando clavos, herramientas, tuercas, herrajes, tornillos... una especie de paraíso para los aficionados al bricolaje. ¿O me va a negar alguien que visitar un “Leroy Merlín” no es una excursión en toda regla reglada?
A la par que el ferretero buscaba la llavecita, que al no tener código y ser pequeña se hacía de rogar y no aparecía, hablábamos. Me comentó que no se solía llegar y besar el santo con las de menor tamaño. Que había tropecientos mil modelos -los cuales me mostró... o casi- y que a menudo había que buscar el adecuado durante un rato. Cuando por fin la máquina estaba “relieveando” (tocaba palabro) al inminente clon, miro a una esquina del mostrador y: ¡No me lo puedo “de creé”! Como viene sucediendo en los últimos tiempos... una vez más allí estaba EL, vigilante...

¡Una libreta amorosa en una ferretería... me lo expliquen!
.
En la caja de la que asomaba llamando mi atención con un descarado: ”Psssst, aquí, aquí... cu-cú!"... (encima cachondeíto.... ¡seráááááá vacilón este Don Amor!), había otras hermanas gemelas pero primaverales ellas; con sus cubiertas floridas que no corazonadas. Miré alrededor por si había más artículos de papelería, pero no. ¡NO! Y lo que es más grave: ¡me ha amenazado!...
.

En fin... creo que este asunto se ha puesto serio y me veo en la necesidad de tomar medidas. Ya lo creo que lo haré. Mientras tanto, únicamente puedo gritar...
.



















