Bueno, bueno... sírvase también todo aquel al que le pueda venir bien, que dicen, comentan, rumorean... es precisa una dosis diaria para gozar de buena salud.
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Yo no entiendo casi nada y me muevo torpemente, pero el espacio es hermoso, silencioso, perfecto. Yo no entiendo casi nada, pero comparto el azul, el amarillo y el viento. La tarde avanza lentamente, y yo mirando quiero ver. (Eduardo Chillida)
Resulta que el supuesto astro era un OVNI comandado por un extraterrestre que, debido a su aspecto perruno, se confunde con un can, pero que no… que en su planeta todos tienen esa pinta, variando si acaso el color del pelaje-je :-D
Por cierto... aún sigue en activo explorando el ciberespacio porque es de un currante y longevidad que pa' qué.
Luego, después de lo visto, ¿é o no é que nos engañan como quieren? Si es queeeeee... ¡alma de cántaro la humanidad! ;-)
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Y sin cobrar royalties, ni derechos de imagen, ni ná de ná, pues sí queeeee…
Sepa el respetable que por la módica cantidad de 1.39 € y 2.30 € pueden llevarme a casa. ¡Qué barata!
Vale, valeeee… qué poca seriedad tengo, pero es que hacía mucho tiempo que no publicaba ninguna levetontería. ¿O no tanto? 8-S
Pensándolo bien… el título correcto sería: ¡Me venden!
Pues eso, tengan en cuenta que tampoco engordo: ¡Sólo 95 kilocalorías por ración!
Por si hubiera (o hubiese) interés, dejo a continuación mi razón de ser y/u origen. Parte de él quiero decir, je (picando en la imagen se leerá con más claridad)…
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Me emocioné profundamente al leer su correo. No por vanidad pues ni siquiera creo que realmente yo tenga que ver en su proceso, como indica. Pero es, ante todo, hermoso que alguien recupere una vida que iba perdiendo... que se le escapaba entre los dedos. Añadió que escribe cartas que se publican semanalmente en un periódico local y me invitaba a que me asomase a la próxima entrega. Lo hice y juraría que allí estaba su propia historia, disfrazada, que concluía celebrando pacíficamente, desde el corazón, compartiendo como deseaba y con quien deseaba, el primer aniversario de una vida que se va tornando plena. :-)
Si algo le di, ahora me lo devuelve en un momento de dudas y me refuerza el hecho de que siempre he pensado que sí... que sirven algunos gestos... esos que, diminutos en la mayoría de ocasiones, sacrificados en otras, llevan intrínsecos la búsqueda de una mejora del mundo, o como mínimo evitar que empeore. El deseo de un modo más noble de existencia humana, llevado a la práctica. ¿Gestos... justos?
Mirar a los ojos a la gente cuando se saluda... preguntar a Doña Paca cómo está su marido enfermo de Alzheimer y qué tal lleva ella la situación... retirar ese cristal que hay en el suelo para evitar que alguien que camina despistado se corte, e incluso... ¡montar un operativo ilusorio con Protección Civil al rescate para que recoja vía zodiac a un hombre que se ha caído bajando la montaña y tiene el tobillo como un paquidermo de pura hinchazón que a ver de qué modo va a volver a subirla si cojea más que respira! ;-P
Y sonreí, desde y hacia lo más hondo de mí... como en una oración, también celebrando un acto íntimo, dando gracias a la vida casi… casi desde cada célula de mi ser. Sintiendo que la gratitud es precisa... y preciosa, que es un bálsamo para el alma. Y cuanto más profunda... más reparadora y estimulante resulta.
Naturalmente, he ido a la oficina de palabras perdidas, como hizo previamente Nuevo horizonte, y junto a esto... (¡vaya no funciona enlazar desde aquí!, así que toca dejar la dirección enterita)...
(¡quédense hasta el final-final!... que ahí está lo más importante) le entregué la mía: “Gracias”.
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De repente crecen plantas en el desierto...
De repente las nubes forjan un puente esponjosamente sólido que lleva al otro lado del infinito...
De repente confirmas que el fuego que no arde con fuerza, no dejará por ello de ser brasa benefactora...
De repente el sendero se llena de flores que componen una alfombra mullida, aunque sus orillas permanezcan escarpadas y pedregosas…
De repente el horizonte se acerca hasta casi rozarlo si tu mirada se vuelve oblicua...
De repente mueres en la noche y resucitas en la mañana...
De repente despiertas con la certeza de que continuar soñando es salvarse...
De repente si te desnudas hasta el alma, el resto se viste de hermosura... y se reviste...
De repente hay veces en que la belleza es tanta, pero tanta, que sientes que el corazón puede estallar si la sigues contemplando...
Y de repente redescubres que la vida, siempre, está llena de repentes...
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Entonces, alguien en mi interior comenzó a hablar:
. Aspirante a mala.- Amoavé, Levecita, ¿qué puñetas haces pensando en ese hombre y encima anticipándote de esa manera, que incluso ves una película con rescate marítimo de por medio?... ¡Si hasta piensas en marcar el 112 en el teléfono!
. Leve.- Esteeeee... buenoooo... es que mira cómo tiene el tobillo... ¿Cómo va regresar si apenas puede caminar?
. Aspirante a mala.- Ese no es asunto tuyo. Ocúpate de tus cosas.
. Leve.- Tienes razón... ¿qué hago metiéndome en lo que no se me llama?
Así que me tumbé y me giré hacia el otro lado porque... “ojos que no ven, corazón que no siente”, que dice el refrán. Pero de repente, casi sin darme cuenta, iba caminando en dirección al accidentado con otro diálogo interno:
. Aspirante a persona.- “Hacer lo que hay que hacer”, recuerda...
. Aspirante a mala.- Ni caaaasoooo a esa tonta que te vuelve ídem y siempre te acaba liando. ¡Quieeeetaaaa parááááá...!
Demasiado tarde, ya le estaba preguntando al hombre: “¿Necesitas ayuda?”.
Resultó que el tipo prácticamente acababa de ser operado, pues había tenido un accidente escalando una pared de hielo (¡ops!).
. Leve.- Qué brutos sois los montañeros.
. Muchacho que cojea de lo lindo.- Ja, ji, jo... pues sí... me doy cuenta de que me he pasado un poco, porque me ha costado bastante llegar hasta aquí.
. Leve.- Pero... ¿cómo has podido recorrer tanta distancia y, aún más alucinante, subir la montaña con ese tobillo?
. Muchacho que cojea de lo lindo.- Je... más trepando que caminando.
. Leve.- Claro... bueno, pues si te apañas solo... cuídate y que sea leve (je... ¡qué afán de protagonismo!) la recuperación.
Conclusión: ¿Alicia seguirá sin malicia... ever... forever... always?... ¿No me va a servir mi propósito de enmienda?... ¿Sin remedio, irremediablemente?... ¡¡¡MALDICION, RAYOS Y CENTELLAS!!!
En serio que es algo que quiero cambiar... De hecho lo estoy intentando desde hace ya un tiempo (lo de postulante a “femme fatale” tenía que ver con esto y no con trocarme en una devoradora de hombres)... ¡pero no me sale! A ver... no quiero ser muy-muy-muy mala... sólo una miaja mala. Digamos lo suficiente como para, por ejemplo, permanecer indiferente ante un individuo que camina con dificultad por su megahinchado tobillo (salvo que grite un S.O.S)... O que me importe un bledo cómo se sentirá alguien si le devuelves una dosis de su propia medicina nociva que repartió previamente... ¡Y de paso olvidarme un poco de Gandhi y su filosofía-anti-ojo-por-ojo! Tampoco es tanto... ¿no?
De manera que se admiten sugerencias, preceptores, instructores, profesores, maeses, senseis, experimentados en materia, decentes docentes... porque... ¡nunca es tarde si la dicha es buena! Digo... ¡si Leve es mala! :-P
Triste entré al laboratorio y triste salí. Y continué con el día. Fui al médico, no por enfermedad sino porque necesito un papelito de su parte que certifique mi buena salud para otro asunto más lúdico; danza oriental para más señas. Mientras esperaba se sentó a mi lado una señora de unos sesenta años, tal vez algunos menos. Al principio comenzó a hablar con la mujer de su izquierda y varias personas más que había en los asientos que formaban esquina con el suyo, creándose una especie de corrillo. Mientras, yo intentaba concentrarme en la lectura del libro que me acompañaba, cosa que no lograba. No por el ruido externo, sino por mi… dispersión interna. El caso es que paré, miré la escena y me percaté de que la gente que estaba próxima a la señora que se sentó a mi lado... “cerraba filas”. Ciertamente ella era de lo más locuaz y tuve la sensación de que se la etiquetaba como la clase de persona “pesada que va con su cantinela por doquier”... y a la que se suele evitar. Se hizo un extraño silencio y dejaron de prestarle atención. Recordé de repente el cuento del patito feo…
En ese momento la señora se giró hacia mí y comenzó a… contarme su vida; o más bien sus penas. No tenía yo el cuerpo ni el alma para lamentos, y menos ajenos, pero... empezaron a caerle tremendos lagrimones y ni encontraba pañuelo al buscar en su bolso. Le ofrecí uno y como el llanto empezaba a sonar angustioso recurrí al supertruqui: poner mi mano sobre su antebrazo a modo de ligera caricia… para que sintiera un calor que no fuera el suyo propio (si es que no se sentía congelada por dentro, a saber). Cuando alguien sufre, el contacto humano alivia sobremanera aunque provenga de quien no se conoce y si no, prueben, prueben... Me habló de su obvia depresión patológica, según ella fruto del maltrato sicológico al que su marido la llevaba sometiendo taytantos años. O sea casi toda su vida. Yo fundamentalmente escuchaba sin abrir la boca pero me extrañó que dijera que el doctor la regañaría si la veía llorar. Porque al médico en cuestión se le idolatra precisamente por lo humano que es y lo paciente… con sus pacientes. Contaba que nadie le hacía caso, que nadie creía lo que decía. Ni siquiera en mi mente quise juzgar, a falta de la otra versión y sobre todo por no conocer la historia de manera presencial, pero por las reacciones que tenía, no parecía tener mucho sentido plantearle una posible solución –independientemente de la médica- al que definía como su gran problema. Aún así le hice una pregunta: “¿Sabe que existen lugares específicos en los que ayudan a las mujeres maltratadas? Si quiere le indico adónde se debe dirigir”. No recuerdo qué dijo pero buscó excusas para no salir de su bucle. Había aprendido a vivirse sufriendo. Es decir... se había cronificado su dolor al punto de no poder admitir la alternativa de desprenderse de él. Eso quedaba bastante claro. En resumidas cuentas: en efecto estaba muy enferma e independientemente del grado de realidad que hubiese en lo que contó, se encontraba repleto de su verdad, porque de ese modo ella lo experimentaba.
Cambié la estrategia y la “distraje” hablándole de algo tan sencillo como el verano de San Miguel que estábamos disfrutando… la suerte que teníamos en ese aspecto por vivir en Almerialópolis… que precisamente por la situación geográfica gozábamos la mayor parte del año de buen clima, bla, bla, bla… Ni una lágrima derramó en ese tiempo hasta que llegó su turno.
Y ahí me quedé reclamándome: “Alicia eres un poco tonta, la verdad. ¿No habías quedado contigo misma y tu mismidad en que ibas a ser tu prioridad y que te iba a importar un pimiento el personal, especialmente si era desconocido? ¿Es así como lo vas a hacer?”. Y me respondí: “Pues sí, parece que un poco-bastante tonta… sí que soy. Al menos a veces”.
Entretanto la mujer que había a su izquierda comenzó a contar sobre la señora que lloraba. Dijo que su marido era un bendito y tenía unos hijos estupendos, que era afortunada, pero que estaba con una depresión tremenda que le hacía ver cosas donde no existían… tergiversar.
¿Cuál es la realidad exacta?... Ni idea. La puerta de la consulta se abrió, la señora salió, dijo adiós al resto y se paró frente a mí. Me agarró una mano con fuerza a la par que dulzura y se me quedó mirando un rato, en silencio, hablándome sólo con sus ojos: “Gracias”, decía su mirada. Eso decía. Y detrás de la pupila… el poso de su sufrimiento, que ese si existía independientemente de cuál fuera el origen.
Ahí me quedé otra vez, diciéndome: “Alicia, puede que seas un poco tonta… pero también otra pizca humana y esa mujer ha tenido un pequeño alivio, instantáneo sí, pero alivio al fin y al cabo… porque sencillamente alguien ha escuchado lo que necesitaba sacar afuera”. Entonces, mi tristeza… dejó de estar tan triste.
Cuando acabé en el consultorio y ya de regreso a casa paré en un quiosco céntrico de la ciudad en el que venden… ¡piiiiiipaaaassss, cacachueeeetessss, kiiikooosssss, garrapiñaaaadaaaasss! y otras cosillas. Era la primera vez que entraba aunque es un negocio con solera. Allí me encontré con que el tendero era…
¡el mismísimo actor alemán Armin Mueller-Stahl!, aunque en aquel momento sólo acerté a reconocerle como el padre de David Helfgott en la película “Shine”. Luego San Internet tuvo la gentileza de facilitarme su nombre. Buenooo... vaaaaleee, sólo era su doble, pero casi-casi igualito; gafas incluidas. El caso es que cruzamos varias frases antes de que me preguntase qué quería.
- Leve.- Esteeeeeee, ¡uy no me sale! Mire que lo tengo en la punta de la lengua pero se me ha borrado el nombre (poniendo muecas de levepeque, sospecho).
- Tendero.- Piense en mí señorita. Concéntrese y piense en mí. Verá como enseguida le viene a la mente lo que quiere.
- Leve. No, si verlo, lo veo… pero es que la palabra que lo denomina ha desaparecido de mi vocabulario, ¡ops!
- Tendero.- Piense en mí señorita, hágame caso.
- Leve.- Si me sigue diciendo eso le acabaré cantando la canción de Luz Casal que lleva ese nombre. O por lo menos tarareándosela.
- Tendero.- Concéntrese… míreme…
- Leve.- A ver si le voy a imaginar como un hipnotizador y me da la risa… Es… como pistachos, pero no son pistachos.
- Tendera (o sea la parienta, que estaba también por allí).- ¡Piñones!
- Leve.- Eeeeeso mismo.
- Tendero.- Conste que si hubiera pensado en mí, lo habría recordado seguro. ¿Qué más?
- Leve.- Sólo quiero eso.
- Tendero.- Aquí tiene… y vuelva usted mañana.
- Leve.- Pero no voy a necesitar piñones hasta dentro de un tiempo, hombre.
- Tendero.- No importa. No venga a comprar. Sólo venga usted mañana, y pasado, y el otro... Que da gusto ver a gente con tan buena energía.
- Leve.- Pues ni le cuento lo agradable que es toparse con dependientes de su talla. Muchas gracias. A estar bien.
- Tendero.- Hasta pronto.
Eché a andar pensado que, aunque mi mirada no brillase, ¡la energía que desprendía era buena! Entonces, de nuevo, mi tristeza… dejó de estar tan triste.
Ya en la noche, en casa, encendí el ordenador y me encontré un regalo inesperado. El correo de un amigo que decía, literalmente: “A mí me ayudas a ser feliz”.
Y entonces, por tercera vez, mi tristeza… dejó de estar tan triste. Y se volvió a un punto de suavidad... que casi parecía una tímida alegría.
¿Lo que mal empieza, mal acaba? No, no, no… no fue así mi primer día de trabajo tras la vuelta de las vacaciones, porque lo que mal comenzó… acabó algo más que bien.
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Segundo paso.- Agenciarse unos buenos pedruscos de formas y tamaños varios...
Tercer paso.- Recoger la basurilla que Don mar trajo a la playa en algunas de sus idas y venidas, y con que nos hemos ido topando al buscar las piedras, porque... ¿qué cuesta llevársela luego para tirarla donde corresponde? (si yo contara, o contase, la de cositas que me he encontrado en ocasiones varias)...
Cuarto paso.- Dado que la intención es pasar la mayor parte de la jornada, localizar un lugar sombreado para colocar, si es posible, el pan nuestro de cada día (y algo más, claro)...
O sea, justo aquí, que en realidad es allí...
Quinto paso.- Emplear los puntos de anclaje anteriormente agenciados. Ejem... ponerlos encima de la esterilla para que Eolo, por si sopla fuerte de repente (la experiencia es un grado), no la vuele mientras se está sireneando en el agua...
Sexto paso.- Extender la toalla y/o textil encima de la esterilla, así como saludar a las primas medusas que la engalanan y todo amorosas nos acompañarán, ¡que no picarán!...
Séptimo paso.- Atender a la súplica de figuración que tienen las camaleonas por excelencia, que aseguran que sin ellas no se habría podido llegar al lugar. Protagonistas siempre pues sí queeeeee... Bueno, total, su petición sirve para descansar del trabajo...
Noveno paso.- Inflar la almohadilla, sacar el neceser que contiene la protección solar, colocar la mochila estratégicamente (que el agua está dentro y miren que si da sed...), tener a mano el sombrero así como las gafas de sirena, digo de natación...
Décimo paso.- Usar las pinzas tendiendo la colada... quiero decir... la ropa, una toallita...
Undécimo paso.- Soltar un: et voilà!... O ¡listo!, a escoger...
Duodécimo.- Comenzar el disfrute propiamente dicho. ¿Cómo? Nadando, quizás leyendo (riendo por lo leído porque temáticas densas-espesas en el lugar como que no pegan), meditando, sintiendo, paseando, puede que conversando con algún vecino de cala y, después de comer, buscando un lugarcillo más sombreado en el que medio siestear y hasta, como quien suscribe, hacer el bobo cámara en mano...
E incluso... ¡cazar nubes! Y naturalmente jugar a encontrar formas, como es de recibo...
En esta en concreto yo veo una bailarina de ballet, con su tutú y zapatillas de punta...
Paso decimotercero.- Desmontar el levecampamento, sin olvidar llevarnos la basurilla que hemos encontrado...
¡Estamos de suerte!... apenas se ha incrementado.
Paso decimocuarto.- Seguir la senda que nos trajo y que ahora, plenamente satisfechos, nos lleva de vuelta a casa recordando aquel poemita del maestro Antonio Machado:
"Caminante son tus huellas
el camino nada más;
caminante no hay camino
se hace camino al andar."
¡Einnn!... ¡¿cómo que no hay camino?!... ¿y esto qué é lo que é?...