martes, 26 de agosto de 2008

Violenta violencia

Vivo frente a un parque. Para ser exactos el edificio en el que está mi hogar dulce hogar se encuentra entre dos parques. Parte de las ventanas de casa dan a uno de ellos, situado encima de unas plazas de aparcamiento de un gran supermercado.

Al parecer desde hace un tiempo una mujer duerme en algún rincón de ese amplio espacio, deduzco que para cobijarse de inclemencias, de potenciales peligros ... “Sin techo” se llama a quienes viven así. Y se les llama no porque lo “sean”, sino porque no lo “tienen”.

He creído verla de cerca en algunas ocasiones. Es una mujer de mediana edad que aparenta mínimo una década más por su voz y aspecto castigados, posiblemente alcohólica o drogadicta -o ambas cosas- y con, supongo, una dura vida como equipaje. Seguramente no será una santa pues ninguno lo somos pero no provoca escándalos, no alborota, no se mete con nadie. Sospecho que es una de esas personas que lo único que quiere es que la dejen en paz, con sus muchas o pocas miserias y alegrías que la acompañen.

Lamentablemente no siempre que una se asoma a la ventana es para disfrutar de la luna, o de un atardecer de nubes fucsias que amenazan con explotar de pura belleza. La tengo cerca, a un metro escaso a mi derecha. Las tengo en realidad pues son varias que forman un gran ventanal en forma de L. Mientras escribía en el ordenador he escuchado que alguien gritaba en la calle. Mucho. Gritaba una mujer. Creo que esa mujer:

- ¡Déjame, déjame o llamo a la policía!

Al asomarme he visto a un joven de unos 20 años acompañado por una chica que parecía su pareja, quien le decía: “¡Vámonos ya, déjala en paz!” mientras caminaba deprisa –y hasta asustada- en una dirección que la alejase del lugar, de la escena. El muchacho insultaba a la mujer que estaba en el interior, se burlaba de ella, de su miedo, y con un ensañamiento brutal le lanzaba piedras cargadas de toneladas de ira. Se las tiraba cobardemente, no cara a cara dentro del aparcamiento sino desde la calle paralela, aprovechando el parapeto de las rejas de las ventanas. ¿Tal vez para salir corriendo en caso de obtener respuesta violenta por parte de la agredida?

- ¡PSSSSSTTTT, PSSSSTTT ... OYE ....!

El chico se confunde por un momento. No sabe de dónde viene esa voz que, alzada y con firmeza, le reclama atención.

- PSSSSSTTTTT ... AQUÍ ARRIBA ...

Por fin parece que me localiza.

- SI HOMBRE, AQUÍ ... ¿QUÉ ... NO TIENES MEJOR MANERA DE DIVERTIRTE? ... ¿NO HAY OTRO JUEGO CON EL QUE ENTRETENER A TU ABURRIMIENTO?

El tipo, al principio, se siente sorprendido y ¿avergonzado? No, sucede tan sólo que no esperaba verse descubierto desde las alturas y eso le ha amilanado momentáneamente.

La mujer, mientras tanto, pide a quien recrimina al agresor:

- ¡Llama a la policía, llama a la policía!

- ¡RESPETA A ESA MUJER ... QUE TE DIGO QUE RESPEEEEEETEEEESSSS...!

El individuo pronto retoma su actitud chulesca y con altanería se gira para marcharse mientras masculla algo entre dientes que no alcanzo a entender. No se retira sin antes volver a mirarme, colocarse un dedo índice debajo del ojo y señalarme, ya sin articular palabra. ¿Me estaría avisando de que me ha “fichado” ... que sabe dónde vivo ... me amenazaba con ese gesto? ¡Ay, ay, ay tiemblo de terror y esta noche no podré dormir!

Finalmente ha desaparecido y en esta ocasión no ha hecho falta llamar a la policía.

Con 20 años, o incluso siendo menor, se sabe perfectamente lo que se hace, por más que se pretenda disfrazar, por más que se quiera excusar con inconsciencia juvenil, procedencia de hogares desectructurados y qué sé yo qué otros argumentos se emplean para justificar ciertas cosas que suceden y que, de base, son inadmisibles ... o debieran serlo. Se sabe cuando se está haciendo daño físico a un ser humano (o animal) ... salvo que quien lo provoque sea un sicópata, que no parecía el caso. La agresión sicológica en cambio es más compleja y no me pronunciaré al respecto en este momento.

Y tengo clara una cosa -cada vez más- al margen de las causas que den lugar a según qué situaciones. Con estas actitudes violentas, particularmente cuando son tan gratuitas, crueles y dirigidas a los más débiles, mi tolerancia es de cero. O mi intransigencia de cien mil, a escoger.

Eso y que estoy hasta los ovarios de los "tiranos cotidianos". O "gente cactus". O "elementos tóxicos". O ... sinónimos varios.
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2 comentarios:

  1. Leve, me da la sensación de que debes dormir siempre con la conciencia tranquilísima, ¿verdad?

    Enhorabuena, y.. besos

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  2. Sip... se ve que es compasiva conmigo y que piensa que bastante tengo ya con los del botellón, con los tacones (cercanos) intempestivos de mis vecinas estudiantes de encima, con el makkkarrilla de turno que viene a recoger y dejar a la novia a horas en las que ya se debería estar ZzZzzZzzZzzZ, llevando el susodicho mozo el reggaeton (o bakalao/máquina) a toa pastilla y con las ventanillas del bólido bajadas que de ese modo además de vacilar de Audi se presume de equipo de audio... al punto de que la pobre no me molesta ni chispa. Ni mu dice. Vamos... como si no existiera en esas horas nocturnas ;-)

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