jueves, 23 de octubre de 2008

Erase un elefante en una habitación

Hoy fui a ver a J.R. Ha cambiado la distribución del mobiliario y se han colocado junto al ventanal las sillas para los visitantes. La nueva disposición resulta más acogedora e incluso práctica ya que antes entorpecían el paso por estar muy próximas a la puerta. Justo cuando me sentaba ha entrado una señora que necesitaba aclarar algo con él.

- ¿Me marcho?, pregunté, por si era preciso que tratasen el tema sin la presencia de extraños ajenos al asunto.
- No es necesario, respondió ella.

En cualquier caso dio igual que yo estuviera allí pues me giré hacia la ventana y fui ... “abducida”. O sea que no oía –mucho menos escuchaba- lo que hablaban porque el folio que había pegado en el cristal, con el dibujo de un encantador elefante y un texto acompañante, me absorbió por completo desde que me percaté de su existencia. Aproveché, por tanto, mientras J.R. y la señora concluían para leer el contenido de aquel papel y me encontré con lo siguiente ...

EL ELEFANTE EN LA HABITACION

“Hay un elefante en la habitación. Es enorme, por lo que es muy difícil rodearlo. Igual hacemos con cada “¿Todo va bien?”, “Sí, todo bien”, y las otras miles de formas de conversaciones triviales: del tiempo, de la escuela ...
Hablamos de cualquier otra cosa, excepto del elefante.

Hay un elefante en la habitación. Todos sabemos que está allí. Y todos pensamos en él cuando hablamos de cualquiera de esas otras cosas. Está permanentemente en nuestra cabeza. Y, sabemos, es demasiado grande. Pero no hablamos del elefante que hay en nuestra habitación.

Por favor, hablemos del elefante que hay en mi habitación. Si hablamos del hecho de que puedo llegar a morir, quizás podríamos también hablar de cómo estoy viviendo.

¿Podríamos hablar del elefante sin que mires para otro lado?
.
Si no podemos hacerlo, me estás dejando solo. En una habitación. Con un elefante.”

Al acabar sonreí, sentí cierta paz, enseñanza, y dije a J.R: linda historia, además de sabia e ilustrativa. Me gusta, me gustan las historias así.

Aunque la forma variaba y la versión de la ventana de J.R. era más extensa e incluso había sido revisada por alguien ducho en letras, por lo que digamos resultaba literariamente más “estética”. Pero la esencia es la misma, exactamente la misma. Y ahora que conozco su razón de ser, me quedo con esta sin lugar a dudas.

Movida por mi habitual curiosidad – que no cotilleo, ¡eeehh!- he buscado en la red y al parecer la autoría se atribuye a un adolescente enfermo de cáncer que con este cuento "rebautizó" a su enfermedad. Pero es aplicable a tantos y tantos tipos de elefantes que pueden llegar a aplastarnos ...

Todo un valiente el muchacho, un pequeño-gran sabio que me ha esponjado el corazón, así que brindo por él ... ¡chin chin!; con una infusión, pero un brindis al fin y al cabo.
.
¡Y ojalá tu elefante no haya podido contigo!
.

.
Hoy pensaba dar continuidad a mi última entrada peeeeeeero, apareció un elefante en mi horizonte que lo ocupó todito todo ... ¡y es que son tan, pero tan grandeeessss! Por eso no suelo hacer planes, porque luego viene la señora cotidianeidad y me los desmonta. C’est la vie!

4 comentarios:

  1. Enternecedora historia.
    Cuando venga mi elefante voy a sacarlo a pasear para que todo el mundo pueda verlo y yo iré montada en él,para que tengan que trepar y buscarme en lo alto de mi elefante.
    Probablemente sólo llegarán unos pocos"los importantes"..........espero.
    Saludos leves,de esos tuyos con sabor mañanero.

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  2. Me dará gran alegría ver lo estupenda domadora de elefante(s) en que te convertirás. Quién sabe ... igual acabas siendo cabecera de una cabalgata de puro bien que lo harás. Y por su puesto a tu vera ... "los importantes".

    Saludillo nocturno.

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  3. Me temo que cada cual tenemos algún elefante (no necesariamente en forma de enfermedad, por fortuna) y no sólo evitamos hablar de él, sino que, además, hacemos lo posible para no cruzarnos por el pasillo.

    Yo encontré por primera vez una referencia al "elefante en la habitación" en el útlimo libro de Randy Pausch, "La última lección". Este señor falleció pocos meses después, pero nunca se escondió, y afrontó con valentía el enfrentamiento con ese enorme elefante.

    A veces se pone la piel de gallina con estas cosas...

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  4. Mario ... en efecto así sucede, nos rodean elefantes de todo tipo y sólo los valientes les plantan cara, incluso conversan largo y tendido con ellos; a veces ... plácidamente, para sorpresa del resto.
    No sabía que este cuentito (cuentazo) aparecía en el libro que refieres y que no he leído pero del cual tomo nota. ¡Aunque ... son tantos ya los pendientes! A Randy Pausch sí que le conocía y huelga decir que es (sigue siendo porque permanece en memorias, al margen de su “partida”) de esos seres que se ganan, aún sin conocerles personalmente, mi profundo respeto.
    También aquí, en España hubo una especie de Randy ... y tantos más que habrá absolutamente anónimos. En este particular me refiero a Carlos Cristos, al cual le escribí una especie de carta en el comienzo de este mi “hogar virtual”, allá por abril. Curiosamente unos diez días después falleció. Y también me descubrí de nuevo escribiendo sobre él pues realmente llegó a impactarme.

    Su lema era: “Seguiremos bailando, mientras suene la música. A ser posible con una sonrisa”. Recomiendo pues, fervorosamente, como lección de vida y muerte una película documental que su amigo Tony Canet rodó sobre su “vivirse enfermo sabiéndose próximo a morir”.
    “Las alas de la vida” es el título. El precioso título de la emotiva historia.

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