¡Yabadabadooooooooooooooooooo...!
Qué le voy a hacer si me siguen encantando, je.
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Yo no entiendo casi nada y me muevo torpemente, pero el espacio es hermoso, silencioso, perfecto. Yo no entiendo casi nada, pero comparto el azul, el amarillo y el viento. La tarde avanza lentamente, y yo mirando quiero ver. (Eduardo Chillida)
Segundo paso.- Agenciarse unos buenos pedruscos de formas y tamaños varios...
Tercer paso.- Recoger la basurilla que Don mar trajo a la playa en algunas de sus idas y venidas, y con que nos hemos ido topando al buscar las piedras, porque... ¿qué cuesta llevársela luego para tirarla donde corresponde? (si yo contara, o contase, la de cositas que me he encontrado en ocasiones varias)...
Cuarto paso.- Dado que la intención es pasar la mayor parte de la jornada, localizar un lugar sombreado para colocar, si es posible, el pan nuestro de cada día (y algo más, claro)...
O sea, justo aquí, que en realidad es allí...
Quinto paso.- Emplear los puntos de anclaje anteriormente agenciados. Ejem... ponerlos encima de la esterilla para que Eolo, por si sopla fuerte de repente (la experiencia es un grado), no la vuele mientras se está sireneando en el agua...
Sexto paso.- Extender la toalla y/o textil encima de la esterilla, así como saludar a las primas medusas que la engalanan y todo amorosas nos acompañarán, ¡que no picarán!...
Séptimo paso.- Atender a la súplica de figuración que tienen las camaleonas por excelencia, que aseguran que sin ellas no se habría podido llegar al lugar. Protagonistas siempre pues sí queeeeee... Bueno, total, su petición sirve para descansar del trabajo...
Noveno paso.- Inflar la almohadilla, sacar el neceser que contiene la protección solar, colocar la mochila estratégicamente (que el agua está dentro y miren que si da sed...), tener a mano el sombrero así como las gafas de sirena, digo de natación...
Décimo paso.- Usar las pinzas tendiendo la colada... quiero decir... la ropa, una toallita...
Undécimo paso.- Soltar un: et voilà!... O ¡listo!, a escoger...
Duodécimo.- Comenzar el disfrute propiamente dicho. ¿Cómo? Nadando, quizás leyendo (riendo por lo leído porque temáticas densas-espesas en el lugar como que no pegan), meditando, sintiendo, paseando, puede que conversando con algún vecino de cala y, después de comer, buscando un lugarcillo más sombreado en el que medio siestear y hasta, como quien suscribe, hacer el bobo cámara en mano...
E incluso... ¡cazar nubes! Y naturalmente jugar a encontrar formas, como es de recibo...
En esta en concreto yo veo una bailarina de ballet, con su tutú y zapatillas de punta...
Paso decimotercero.- Desmontar el levecampamento, sin olvidar llevarnos la basurilla que hemos encontrado...
¡Estamos de suerte!... apenas se ha incrementado.
Paso decimocuarto.- Seguir la senda que nos trajo y que ahora, plenamente satisfechos, nos lleva de vuelta a casa recordando aquel poemita del maestro Antonio Machado:
"Caminante son tus huellas
el camino nada más;
caminante no hay camino
se hace camino al andar."
¡Einnn!... ¡¿cómo que no hay camino?!... ¿y esto qué é lo que é?...
Esas pinceladas, por suaves que sean, encima de las comisuras labiales, parecen más el bigotillo que lucía el mexicano que máculas solares propiamente. Help... help!... que una tiene su nivel de coquetería. Esto ya me gusta menos que el tema arrugas-canas peeeero, habrá que aceptarlo. Aceptarlo y usar protector solar de 50 como poco... ¡todos y cada uno de los días del año! Cachis... en la mar salá. Bueno, que no cunda el pánico... por fortuna no son demasiado oscuras, así que de momento nada de considerarme fémina seudobarbuda; digo seudobigotuda. Aunque bien pensado… en adelante se podrá decir de mí, sin género de dudas: “¡Qué punto de mujer!". :-D
Y digo yo: ¡falso! Basta con repostar en una gasolinera en concreto de Almerialópolis pa' que te regalen una barra. Eso sí... gastando más de 30 euros. ¡Ver para creer! Digo para comer.
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Cosas de moverse en vehículo propio, que viene a ser como tener un hijo. Gastar… y gastar. Así que me hago a la idea de que la inversión ha sido para equiparle por su vuelta al cole: el material escolar, los uniformes, los libros… :-D
¡Oh!... y todavía queda llevarle a la I.T.V. Ummm… eso será... el equivalente a la primera excursión que el nene hace en este curso.
Vale, vale… y el respetable dirá: “No es comparable. Un coche no te dice mamá, ni te da besitos, ni gratificaciones varias”. Y yo respondería: “Cierto. Pero a ver qué hijo lleva de levepicnic :-)”.
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cuando de repente oigo un nombre que hacía tiempo no escuchaba. Alguien gritaba: “¡Navra… Navra…!”. Así me bautizó… no mi gran amiga, sino mi hermana del alma. Y a su vez… yo la llamaba “Zíngara”. Nunca pensé que hablaría en pretérito de ella pero… a veces los sentimientos no bastan.
En una oportunidad alguien casado me dijo: “Los solteros (divorciados, separados… y similares), os vais quedando al margen”. Y le respondí: “Eso no es exactamente como lo planteas. Lo que sucede… es que nos vais dejando al margen, que es diferente”. Pareciera que para el groso de la sociedad la vida de un soltero tiene menos valor que la suya porque cuando vuelves a casa no te espera alguien, o porque no hay niños que llevar al cole y a los que darle la cena. El sistema está montado así, sobre todo llegadas ciertas edades: el mundo gira en torno a la familia tradicional, por más que queramos vestirnos de modernos con términos como “single” o “impar”. La realidad se impone y, si no estás dentro, o te adaptas siempre a su universo para mantener las relaciones, o se van diluyendo poco a poco; cuando no lo hacen súbitamente.
Pensé que eso no ocurriría con Zíngara, que éramos intocables, que encontraríamos el modo de evitarlo, pero me equivoqué.
Tengo una naturaleza… dadora. Doy… y doy… y doy. Porque en el mundo hace falta que se dé… y porque me siento bien dando. Muy bien, de hecho. Pero doy… hasta que mi dignidad puede verse afectada, hasta que ya no me queda más. Y cuando la despensa se vacía, cuando sólo tú la has ido llenando de víveres durante los últimos años… comprendes que, tristemente, ya no tiene sentido pues hace tiempo que la relación acabó; al menos tácitamente.
Y llega un momento en la vida, o a mí me ha ido llegando ya que ha sido paulatinamente, en que no es ya que no me puedan pedir que siga dando… que siga estando, si los demás no están. Sino que incluso he tenido que empezar a decir cuando “se me exige mi entrega”: “Manos que no dais… ¿qué esperáis?”. Y hacerlo no es fácil. Ni plato de buen gusto.
En casi una década, que es el tiempo en que Zíngara vive en pareja, no sé lo que es tomar un café a solas con ella. Y me llevo magníficamente con su marido, aclaro. Y su niña es un encanto. Pero es cansado que el esfuerzo siempre parta de una… y vas dejando de llamar, de ir, de estar...
La última vez que tuve noticias suyas fue a través de un correo electrónico, hace algo más de tres meses y después de otros tantos de no vernos ni tener prácticamente contacto. Me contaba lo atareadísima que estaba y los planes domésticos que tenía para el día siguiente; incluida la crianza y constante vigilancia de su pequeña de dos años y medio que, hay que añadir, se encuentra en cuasi eterna fase de mamitis absolutis. Me proponía, con la exigencia de responderle en poco menos que unas horas –como si yo viviera con un portátil pegado a mis dedos permanentemente- que fuese a su casa el día sobre el que había elaborado su planning; sábado para más señas. Valoré y concluí: “¿Para qué… para ver como hace el cambio de ropa de temporada de un armario a otro y demás actividades del hogar?”. Y por si todavía después de taytantos desaciertos y desconsideraciones (inconscientes, me consta) me quedaba alguna duda, lo tuve claro. Entre la opción de no tener más plan que ir a la piscina, e ir a su casa… opté por sumergirme en el agua, sintiendo que me enriquecería infinitamente más. Aquel escrito y la respuesta que me provocó no era más que el resultado de una agonía anunciada, a la que yo asistía casi más como observadora y esa era la paradoja porque formaba parte del elenco actoral. Aunque hacía tanto que no me tocaba entrar en escena que… tenía el corazón cansado de esperar mi turno y se me había ido olvidando hasta el papel que me correspondía en la obra.
No me sorprendió pues mi reacción. Le respondí, empleando la misma vía de comunicación, que no me apetecía su propuesta, que sabía de sus ocupaciones, que yo también tenía aunque conjugase el verbo en singular. Pero que si algún día lograba arañar al reloj algunos minutos y deseaba conversar tranquilamente, sin prisas, sin interrupciones, sin otras ocupaciones... con espacio para nosotras, ya sabía donde encontrarme. Su silencio fue la respuesta, así que sin pensar demasiado en el asunto deduje que ya no quería saber más de mí. Casi ni me hizo falta elaborar duelo, porque lo fui realizando poco a poco viéndolas venir, en los años anteriores… De modo que, salvo una ligera sacudida emocional-sentimental inicial, pude quedarme con lo bueno vivido y seguir mi camino. Claro, con una cicatriz más.
Esta mañana un muro nos separaba, literalmente, ya que Zíngara estaba en la arena y yo caminaba por el paseo marítimo. Me encontraba en un estado de tranquilidad pasmosa. Ella en cambio estaba nerviosa… saltaba de cuestiones superficiales de la cotidianeidad a… “lo nuestro” y viceversa. “Estoy sufriendo por ti” dijo en un par de ocasiones… haciendo pucheros casi como una niña y derramando lágrimas intermitentes. He tenido que abrazarla, para tranquilizarla, a la par que le decía: “No sufras… no hay que sufrir”.
¿Cómo hacerle comprender que es ella quien no concede el menor espacio a una amistad que ya ni recuerdo cómo era? ¿Cómo hacer que entienda, si ni podemos hablar, que lo que le hace sufrir verdaderamente no soy yo… no es mi ausencia… sino la realidad? La impepinable realidad de que no encuentra un lugar, por mínimo que sea, para nosotras. Que un nosotras… se compone de dos y no de una.
Cuántos universos diferentes que quisieran confluir pero resulta imposible. Cuántas despedidas… que desearíamos no fueran, pero que son. Dice que tenemos que hablar, pero que antes necesita expresarme algunas cosas por escrito. No sé qué pasará pero sí sé que es ella quien debe saltar ese muro que esta mañana nos separaba… tiene que saltarlo. Si lo hace… posiblemente esté mi mano al otro lado para ayudarle a dar el brinco… y quién sabe si con la que el viento se llevó ya de regreso. Quizás entonces podamos volver a ver alguno de aquellos atardeceres en los que contemplábamos a Don solete cuando se iba a dormir. Y cuando rayaba con su esfera en el horizonte cerrábamos los ojos… porque ambas sabíamos que ese era el momento justo en que la gran bola dorada recibía los deseos de los soñadores del mundo, esperando ser algún día los afortunados de sus favores…
Y tal vez, con ese ocaso, volvamos a amanecer de nuevo... juntas...
Veremos qué ocurre. En cualquier caso, suceda lo que suceda… si las aceptamos las cosas son como son. Y si no las aceptamos… las cosas son como son.
Y yo necesitando unas vacaciones tranquilas, la-ri-la-raaaaa… tienes que dar un pocoooo, recibir un pocooo y dejar que tu pobre corazón suuufraaaa un pooocooo. Así es la historia y la gloria del amoooorrrrr...
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Digo yo...
Con cosas como esta y otras tantas de naturaleza similar (sin obviar las de índole diametralmente opuesta), a menudo deshojo la margarita que conforma al género humano y que me invita a amar o a deplorar a mi especie. Unas veces en el último pétalo que queda prendido se lee… filantropía. Otras… misantropía. Adivinen cuál ganó hoy.
Y a propósito… ¿quiénes son las bestias?
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Momento "deshojando la margarita" y una auténtica premonición de lo más mariquita...
Momento "tras el pajarillo del alma"...
Momento "celebrando soleadas presencias"...
Momento "tobogán"...
Esteeeee... ¿sabe alguien si son aptas para el consumo humano galletas compradas hace nueve o diez meses? Ejem, ejem... ¡aún está sin desprecintar!
Qué latazo de entrada, ¿no? :-P
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Recapitulo pues, con detalles incluso. Hace algo más de tres años tuve un intento de pareja. Y digo intento porque lo que no perdura ni se consolida, queda en mera tentativa. No fue breve, sino más. Lo nuestro duró… lo que duran dos peces de hielo en un güisqui on the Rocks, que cantaría Joaquín Sabina :-). Apenas un mes de acercamiento, más otro de preludio del preludio que sigue al asunto de hilvanar las emociones de un comienzo, más que sentimientos porque estos sí necesitan tiempo para forjarse. Sin embargo… pronto empecé a descubrir mentiras al otro lado (ya saben que tiene tres patas… o que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo) que no quedaban en nimiedades, como el hecho de quitarse años (¡anda queeeeee...!). Entre ellas… que las causas de sus dos divorcios (¡dos sí!) no serían las que argumentó y que por supuesto no era la víctima. Es más… el mayor engaño consistía en que se creía a pie juntillas aquello a lo que daba forma, pero no coincidía con la realidad. Debo reconocer que elaboraba muy bien su… personaje.
El proyecto “nosotros” se diluyó rápidamente en un “tú” y un “yo”. No podía funcionar… de ninguna manera. Para mí las relaciones personales, máxime aquellas en las que median sentimientos… afectos, no pueden desenvolverse ¡jamás! en binomios de dominio-sumisión, celos-posesión, etc. El intercambio de la energía amorosa, de cada cual, sólo tiene según mi criterio una finalidad: hacer crecer a los integrantes y enriquecerles mutuamente. Siempre desde la libertad, nunca desde la necesidad... desde un pretender -consciente o inconscientemente- cubrir huecos personales a base de otra presencia humana, particularmente en lo que se refiere al ámbito de pareja. Así que cuando me fui encontrando con alguien que quería acotar (¿hasta anular?) mis espacios dedicados a vivirme con otros como amiga, hermana, compañera… en soledad, es decir, sin él… cuando veía la rareza en los gestos que dirigía a otros hombres que pudieran mirarme (porque sencillamente nos cruzábamos en la calle)… cuando me dijo que tenía que darle gracias porque no había espiado en mi ordenador (¡¡¡¿¿¿Eeeeinnnnn???!!!!) aseguré: hasta aquí hemos llegado.
Por lucidez, por experiencia y por suerte… sé distinguir, desde hace mucho, lo que es amor y lo que son los seudoamores, entre los cuales se incluye… la obsesión. Puse fin a la relación. Al principio pareció aceptarlo pero enseguida, al margen de mi voluntad (y por ende libertad), decidió que no. Se montó a saber qué película mental en la que no admitía las razones que puse sobre la mesa: que éramos absolutamente incompatibles. Que su concepción del amor y del mundo de pareja chocaba diametralmente con la mía. Que los polos opuestos se repelían. Que estábamos ya grandes para no tener la posibilidad de un futuro conjunto, si ni siquiera alcanzábamos un presente.
Un par de intentos de mi parte para acabar bien no fueron suficientes. De modo que tuve que optar por el posicionamiento férreo y el silencio absoluto. No me dejó otra opción y apremiaba el uso de la inteligencia frente al abuso del impulso. Así que nada de verse para aclarar lo que ya había sido aclarado en varias ocasiones, nada de llamadas que mareasen la perdiz, nada de entrar al trapo, nada... de nada. Porque cuando alguna de las dos partes dice NO, significa eso y no otra cosa. Sus tretas, que las hubo, no sirvieron. Y seguía sin aceptarlo. Pasaba, de la noche a la mañana, de las intenciones más dulces de “reconquista”, colmándome de regalos que me hacía llegar y que sin abrir le devolvía, al despecho más veladamente agresivo. Aquello duró otro par de meses. Tiempo en el que supe lo que es llegar a sentir miedo (y en mí no es fácil) por acoso. Y justo cuando decidí que al siguiente intento le denunciaría… dejé de recibir noticias. Por fin, supuse, había encontrado… a otra con la que sustituirme. Sólo un año más tarde volvió a escribir, despechadamente, claro. Pero yo, ¡ni mu!
Y hoy, tres años y pico después (y sé la fecha exacta porque me la deja clara), recibo un correo suyo envuelto con un gran manto de arrogancia. Entre alguna que otra salida de tono, básicamente resume su escrito en que... aunque no lamenta las reacciones que tuvo conmigo, ya no me guarda rencor. (¿Cómorrrrrrr?). Lo que resulta casi divertido es que juraría que pretende obtener una respuesta. Justo lo que no le di entonces… y lo que, naturalmente, no le pienso dar en la actualidad. Alpiste… a los pajaritos, pero ni un grano a los pajarracos.
Damas y caballeros… a veces la única explicación posible que encuentro a tener este “poder de atracción” para fantasmas del pasado, la relaciono con algo kármico en cuyo caso… ¡existiría la reencarnación! Porque desde un punto de vista racional no lo puedo comprender. No me entra en la cabeza que gente que… no lo hizo mal sino peor, tenga el cuajo de… “reaparecer en escena”, más tarde o más temprano. Y la cosa parece que va a peor ya que la media de “regreso” estaba en un año, dos… Pero si considero que el último fue en navidad, con la versión contemporánea de Mr. Scrooge, y cuento los meses transcurridos… ¡no se ha cumplido el año aún! Creo que empiezo a estar cansada del no saber estar… del no saber NO estar… de otras almas con las que me mezclé. Almas que, por teórica madurez, debieran saber que si se tiene elegancia al decir “hola”… hay que tenerla para decir, o asumir, un “adiós”. Llegada a este punto me resuena una cita de Henri Bergson: “El presente sólo se forma del pasado, y lo que se encuentra en el efecto estaba ya en la causa”.
Sería bueno que nuestro cerebro fuera como el disco duro de un ordenador. Que pudiésemos formatearlo -pero por sectores- para que la información que alguna vez se grabó nunca más se pueda recuperar. En la línea de lo que le sucede a Clementine y Joel…
¿Por qué recordar una historia de amor fallida?... ¿Para qué?... ¿Qué sentido tiene, cuando no se busca la propia paz… ni la de la otra parte?
Decía Camilo José Cela que… “no es lo mismo estar dormido que estar durmiendo, porque no es lo mismo estar jodido que estar jodiendo”. Y aunque no debiera... eso ha conseguido este fantasma, hacerme pasar el día con un zumbido que me rondaba… como una mosca pesada que se empeñaba no tanto en recordarme imágenes de antaño, sino las sensaciones que en paralelo llevaba aparejada lo que entonces fue realidad concreta. Aunque tengo clarísimo que se trata de un pretérito cerrado. Que es algo… que-ya-no-es-más. Y confío en que me acostaré, dormiré y mañana me despertaré de otra manera. Pero que hoy me han jorobado el día… me lo han jorobado. ¡Y yo estoy de vacaciones!... hasta del pasado, ¡ains!
La ironía es que cuando leía ese correo, sonaba una linda tonada llamada “Algo de ayer” que precisamente celebra lo acontecido tiempo atrás con un…. “qué hermoso fue… lo que se fue”. En este caso no me sirve, pero sí puedo quedarme con otro cachito: “Uno se guarda lo vivido y vuelve al paso a los caminos que aún le faltan por hacer... la-riiii-la-raaaa…”
Y naturalmente pediría a gritos... ¡¡¡que le cooooorrrrtteeeeennnnn la cabezaaaaaa...!!! al que osara u osase cometer semejante afrenta y/o crimen, je. Que mi fatiguita ya la pasé, ¡ains!
Sean ustedes felices, alegres, o como lo quieran llamar. Yo amanecí no bien sino requetebién, así que intentaré tomármelo al pie de la letra... ;-)
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En el clavo y el martillo: tac-tac-tac...
En Astérix y Obélix: los irreductibles galos...
En la abeja y la miel: la dulzura natural...
En tanto monta, monta tanto Isabel como Fernando: los Reyes católicos...
En el lobo y la luna: ¡aauuhhh-aauuuuhhhh-aaaaaauuuuuuuuuuhhhhhhh!...
En el Yin y el Yang: dualidad indisoluble...
En tú y yo (que no yo y tú)...
En Alonso Quijano y su fiel escudero: el ingenioso hidalgo de la Mancha y Sancho Panza...
En Romeo y Julieta: los eternos enamorados...
En Epi y Blas: o Ernie y Bert, afincados ellos en Barrio Sésamo...
En la cama y el sueño: el descanso...
En el corazón y el latido: la vida...